miércoles, 2 de octubre de 2013

La vida

 Hay gente que la vida les queda pintada. Se la ponen y ya, la viven. Son gente afortunada, digo yo.     
 A mí, la vida no me  entra, me chinga de todos lados: me tira de sisa y me sobra de ruedo. La cintura es estrecha o los hombros se caen, el caderín me queda de canesú. Siempre dándole unas puntadas antes de salir. Y ojo,  nunca queda bien, se nota que está arreglada.

 Me gustaría una vida de mi talle, sin pespuntes, sin pinzas. Que me la ponga  y ya, a vivirla.

Sin hombre

  Mi casa es fácil de ubicar, es la de ladrillos a la vista. Hay dos, la mía, es la que no tiene hombre.

  Mi cocina siempre tuvo una lamparita colgando del techo. Creí por mucho tiempo  en la necesidad de un hombre que pusiera  un aplique. El otro día decidí que lo podía hacer yo misma. Subí una escalerita muñida de tijera, cinta aisladora, aplique y cable.

  Cuando finalmente doy luz a la casa, mi cocina permaneció a oscuras. Miré el aplique interrogativamente, pero ninguna respuesta hubo de su parte. Toqué una y otra vez el interruptor,  y nada sucedió.

  Finalmente, tomé el velador de mi cama, de la mesa de luz del lado donde no hay hombre y lo llevé a la cocina. Ahora tengo luz en la cocina.

  Menos mal que no tengo hombre!!!