
Mi nombre es Sofia Bruzzone Gatica (si, ya se, mi segundo apellido no pega, pero si no lo pongo a mi mamá le agarra un ataque de nervios) o Sofia Bruzzone para el Registro Nacional de las Personas, descendiente de italianos.
Cuatro meses tardó mi bisabuelo italiano en llegar a la Argentina escapando del hambre. Dieciocho meses tardó mi papá en recuperar la ciudadanía para irnos a vivir a Madrid. Una semana tardó mi mamá en mandar todo a la mierda y arrastrarnos, a mi hermano y a mi, de vuelta para la Argentina.
Mis viejos estuvieron juntos diecisiete años, "nadie en nuestra familia aguanto tanto", dijo mi abuela; al final, lo de mi vieja, fue todo un récord.
De chiquita, mi mamá, siempre me habló del poder de la familia, algo que iba a descubrir cuando tuviera la edad suficiente, un poder que iba a tener que aprender a manejar y que el secreto tenia algo que ver con los ojos y la mirada, no importaba si yo quería o no, estaba en mi sangre. Para ella, el hecho que yo tuviese el apellido Bruzzone, era un detalle sin importancia: "Tu nombre completo empieza con Sofia y termina con Gatica, lo del medio es relleno", sentenciaba, cada vez que yo le recordaba el apellido que mi padre me había dado.
Muchas veces salíamos a pasear, mi mamá, mi hermano, y yo. No eran precisamente paseos normales los que hacíamos, (el zoológico, la calesita, la plaza lo dejábamos para salir cuando estaba mi papá). Como cuando nos llevó a un arroyo a la vera del tren de Cercanías en la sierra norte de Madrid, o nos llevaba al Parque del Retiro y jugábamos a la cuenta regresiva en altura, o simplemente paseábamos en el metro los tres en asientos enfrentados y hablando sin sonido (con la práctica mateníamos conversaciones interesantísimas, solo leyendonos los labios) .
"¿Vamos?", decía, y sabíamos que íbamos a una aventura, porque ni ella sabía dónde. A mí me daba la sensación que no podía estarse quieta en casa y nada mas.
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